Juan Rulfo. Vida y Obra

images.jpg JUAN RULFO Juntitled.png JUAN RULFO 3untitled.png JUAN RULFO 2   images.jpg JUAN RULFO 4descarga.jpg Juan Rulfo 2

 

 

 

 

 

 

 

 

De nombre Juan Nepomuceno Carlos

Pérez Rulfo Vizcaíno, toma como nombre artístico, Juan Rulfo.  Escritor y fotógrafo mexicano.  Está considerado uno de los escritores más influyentes del S.XX.

Nace en San Gabriel  Estado de Jalisco,  en un pequeño pueblo llamado Apulco, el 16 de mayo de 1917, muere en el 7 de enero de 1986, a causa, de un enfisema pulmonar, en Ciudad de Mexico. Creció en este pequeño pueblo, una villa rural dominada por la superstición y el culto a los muertos. Fue testigo de los violentos episodios de la rebelión Cristera, entre 1926 y 1929, sufrió las duras consecuencias de esta rebelión en su familia más cercana, su padre y abuelo fueron asesinados. Esos primeros años de su vida, habrían de conformar, en parte, el universo desolado, que Juan Rulfo, recreó en su breve pero brillante obra “Pedro Páramo”.

Juan Rulfo, procede de una familia acomodada, fue el tercero de cinco hermanos, su padre Juan Nepomuceno Pérez Rulfo y su madre María Vizcaino Arias. Ingresó en la escuela primaria en 1924, el mismo año en que su padre falleció, y seis años después lo haría su madre.  Quedó, solo bajo la custodia de su abuela, por este motivo,  entró en un orfanato de Guadalajara, durante 4 años, era de monjas, sufrió una disciplina casi militar. El paso por este orfanato le marcaría para toda la vida.

Puede afirmarse, sin temor a incurrir en error, que la rebelión de los cristeros fue determinante en el despertar de su vocación literaria, pues el sacerdote del pueblo, con el deseo de preservar la biblioteca parroquial, la confió a la abuela del niño. Rulfo tuvo así a su alcance, cuando apenas había cumplido los ocho años, todos aquellos libros que no tardaron en llenar sus ratos de ocio.

A los dieciséis años intentó ingresar en la Universidad de
Guadalajara, pero no pudo hacerlo pues los estudiantes mantuvieron, por aquel
entonces, una interminable huelga que se prolongó a lo largo de año y medio. Ya en la capital, intentó de nuevo entrar en la universidad, alentado por su familia a seguir los pasos de su abuelo, pero fracasó en los exámenes para el ingreso en la Facultad de Derecho y se vio obligado a trabajar. En 1934 se trasladó a Ciudad de México, donde trabajó como agente de inmigración en la Secretaría de la Gobernación, desempeñó primero sus funciones en la capital para trabajar luego en Tampico y Guadalajara y recorrer, más tarde, durante dos o tres años, extensas zonas del país, entrando así en contacto con el habla popular, los peculiares dialectos, el comportamiento y el carácter de distintas regiones y grupos de población.

A partir, de 1938 publicó sus cuentos más relevantes en revistas literarias. Su primera novela, Los hijos del desaliento, la comenzó a escribir en 1938, (no llegó a publicarla, porque en palabras del propio Rulfo, era una novela muy mala).  Ese mismo año comenzó a colaborar en la revista América; en 1942, aparecieron publicados dos cuentos en la revista Pan, que formarían parte de El llano en llamas (1953) junto con otros que fueron apareciendo en otras revistas.

En 1946 comenzó a trabajar para la Goodrich Euzkadi  como agente viajero y allí inició su notable labor como fotógrafo. Contrajo matrimonio con Clara Aparicio en 1947, fruto del matrimonio serían cuatro hijos. Pasó a trabajar en el departamento de publicidad de la Goodrich.

Dos capítulos de su novela Pedro Páramo (1955) fueron publicados en varias revistas. Cuando publica el libro, fue traducido casi de inmediato al alemán por Mariana Frenk (1958), y algún tiempo después, se fue traduciendo a otros muchos idiomas, como el inglés, francés, sueco, polaco, italiano, noruego o finlandés. Con tan sólo dos obras. “El llano en llamas” y “Pedro Páramo” pasó a ser considerado como uno de los grandes autores de la literatura universal.

Además escribió algún que otro guion, como El despojo, sobre una idea original suya; El gallo de oro(1964) basado en una idea del novelista,  con guion de Carlos Fuentes y  Gabriel García Márquez; La fórmula secreta (1965), de Rubén Gámez con textos de Rulfo.

De su obra, hay que señalar que gracias a los borradores de sus Cuadernos, publicados en 1994, se evidencia el proceso de escritura en el cual Pedro Páramo se ha decantado de manera parecida a la poesía de César Vallejo, a fuerza de ir realizando cortes sobre el cuerpo mismo del texto, despojándolo de cualquier demasía explicativa o hasta narrativa.

En 1970 logró el Premio Nacional de Literatura en México y en 1983 el Premio Príncipe de Asturias en España.

Obras

Un pedazo de noche, fragmento de la novela “Los hijos del desaliento”
La vida no es muy seria en sus cosas, (cuento) (1945)
El llano en llamas, (1953)
Pedro Páramo, (1955)
El gallo de oro, (1980)

Gracias a dos becas obtenidas del Centro Mexicano de escritoresRulfo logra publicar El llano en llamas (1953), una antología de sus mejores relatos. Dos años más tarde publicaría su obra más conocida, Pedro Páramo (1955), novela que hoy en día sigue levantando interés, tanto en el público como en el ámbito académico.

Con esos dos volúmenes como corpus creativo, Rulfo se convirtió en una pieza clave de la literatura en castellano. Su influencia, fue reconocida, incluso,  por escritores de la talla de Borges, extendiéndose, a otros países a medida que su obra fue traducida.

Hay en la literatura latinoamericana contemporánea una peculiar estirpe de creadores, un grupo de escritores que han sabido poner en pie un universo propio, característico, cerrado, inventando lugares fabulosos, ciudades que sirven de repetido paisaje para las historias que brotan de sus experiencias, de su mundo y de su imaginación. Paradigmático es, a este respecto, el caso de Macondo, el marco que el colombiano Gabriel García Márquez levantó para que los Buendía trenzaran su aprendizaje de la soledad; y no puede tampoco olvidarse la Santa María del uruguayo Juan Carlos Onetti.

Situados en una geografía reconocible y al mismo tiempo anónima, ambos lugares pueblan la difusa frontera que separa lo real de lo fantástico, un lugar que ocupa, también, la infernal Comala de Juan Rulfo, otro ejemplo de universo personal, levantado por el escritor para albergar a sus particulares criaturas. Macondo, Santamaría y Comala, lugares coherentes, reconocibles por sus rasgos peculiares y tan distintos entre sí, como lo son sus respectivos autores, tienen algo en común: son el espejo donde se reflejan características y ambientes que el escritor conoce muy bien.

Cuando apareció El llano en llamas, algunos críticos situaron a Rulfo, apresuradamente, como un escritor regionalista más. Sin embargo, sólo hizo falta esperar dos años para que, con la aparición de Pedro Páramo, se dieran cuenta de su error. El mundo fantasmal de la novela, la ruptura de las fronteras entre la vida y la muerte, mostraban a un escritor que había superado los cauces realistas y tradicionales de la novelística anterior e inauguraba la nueva narrativa mexicana, agotada ya la veta de la llamada novela de la revolución.

Y es que, dejando a un lado algunos textos para cine (que se incluyeron en la edición de su Obra completa en 1977), la producción de Juan Rulfo se reduce a esos dos libros, que forman sin embargo uno de los conjuntos más singulares de la narrativa latinoamericana. Temáticamente, ambas obras tienen un entronque regionalista, pero no incurren en un pintoresquismo local, sino que restituyen en su esencia la vida dura y marginal de la provincia. Por otra parte, el autor muestra una original asimilación de las técnicas de la moderna narrativa europea y norteamericana.

El llano en llamas

Los diecisiete cuentos que componen la colección El llano en llamas, de 1953, se centran en la miseria y la soledad del campo de Jalisco y, mediante una magistral recreación del habla campesina, revive en sus historias las relaciones entre los hombres y las de éstos y la tierra. Las narraciones de El llano en llamas giran todas, en efecto, en torno a la vida de los campesinos mexicanos; son cuentos breves, de extraordinaria y fecunda concisión, en cuyas escenas de intenso dramatismo palpita el hálito poético del autor plasmado en imágenes de brillante sensibilidad y en un estilo que reelabora y recrea el habla popular mexicana.

Pero, pese a esta última característica, que podría haber convertido a Rulfo en un escritor regionalista o costumbrista, la persistencia de sus temas esenciales, la obsesiva presencia de la soledad y la violencia, la confrontación con la muerte, el amor y el desamor, los secretos entresijos de la vida y de los hombres o los enigmas que pueblan las calles de Comala son una fulgurante parábola de lo humano, que trasciende el marco del nacionalismo literario y demuestran, de nuevo, que no hay fronteras para la creación.

En uno de los cuentos, titulado El hombre, se entrelazan distintas líneas temporales, de modo que un hombre que había acosado a otro hasta darle muerte y acabar también con su familia, se convierte luego en un ser perseguido y, dialogando con un invisible vengador, se contempla simultáneamente como víctima y verdugo. Hay en la narración un tono de pesadilla porque, como en esos sueños en los que intentamos correr sin conseguirlo, el hombre huye pero no logra nunca escapar. Siempre se ve obligado a volver atrás como si el horizonte le estuviera cerrado, como si no existiera más allá y el mundo fuera un lugar cerrado, donde la culpa adquiere el peso de un destino ineludible. Como él, los personajes de Rulfo nunca se liberan y su angustia los lanza a largos monólogos en los que el lector se ve abocado a adoptar el papel de confidente, de confesor que recoge las postreras palabras del condenado. En Talpa, otra de las narraciones incluidas en El llano en llamas, una pareja de adúlteros deja morir al marido mientras hacen el amor, y la figura del muerto se interpondrá luego constantemente entre ellos. La fría violencia presente en muchos de los relatos da fuerza y vigor a las narración, que unas veces tiene un toque de crueldad (El hombreEl llano en llamas) y otras de ácido sarcasmo (El día del derrumbeAnacleto Morones).

PEDRO PÁRAMO (Inicio)

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. “No dejes de ir a visitarlo -me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dara gusto conocerte.” Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.

Todavía antes me había dicho:
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre

Así comienza la obra, marcada, a la vez, por la sencillez y espectralidad del lenguaje. El crítico mexicano Carlos Monsiváis dijo de Rulfo: “Un eje del mundo rulfiano es la religiosidad. Pero la idea determinante no es el más allá sino el aquí para siempre”. Ya en las primeras páginas advierte que el lugar responde a una lógica fantasmal: “al cruzar una bocacalle vi una señora envuelta en su rebozo que desapareció como si no existiera”.

Publicada en 1955, Pedro Páramo recrea, en el espacio ficticio de Comala, la miseria y la soledad del mundo campesino de la infancia del autor, donde la degradación moral y física arrastra a la gente a la desesperanza y a la desorientación. El narrador y protagonista, Juan Preciado, cuenta cómo por encargo de su madre moribunda fue en busca de su padre, el cacique Pedro Páramo, a quien no conoce, y que ha llevado a Comala a la destrucción por su convulsa pasión por Susana San Juan.

El encuentro con un pueblo deshabitado y lleno de fantasmas le llena de pavor, y le introduce en un mundo irreal. Por boca de los muertos conoce los hechos sucedidos en Comala en vida de Pedro Páramo, cacique que, en un marco histórico que abarca desde el gobierno de Porfirio Díaz hasta el de Obregón, llevó hasta el límite los abusos de autoridad. Convertido en un nuevo Dante a las puertas del Infierno-Comala y conducido, como el autor de la Comedia, por una Beatriz que ha adoptado las apariencias de un mulero, Juan Preciado descubre ese ardiente valle donde todos los habitantes son hijos de Páramo, donde todos están muertos y la vida es sólo un recuerdo.

La historia de Pedro Páramo se va revelando mediante murmullos y entrevisiones de los fantasmas del pueblo, que a pesar de estar muertos y de guardarle rencor a Pedro Páramo, aún le tienen miedo. “Este pueblo lleno de ecos (…) Cuando caminas sientes que te están pisando los pasos. Oyes crujidos, risas.” Pero la fantasmagórica realidad de Comala no es percibida de inmediato por el narrador; sólo lenta, muy lentamente, Juan Preciado advierte que está rodeado de cadáveres y muere, entonces, a su vez, abrumado por el peso insoportable del pasado.

La gran innovación de Pedro Páramo radica en su compleja construcción textual. El tiempo narrativo se fragmenta, ajeno a toda continuidad lógica, y se representa mediante la memoria y el designio íntimo de cada individuo, técnica que no aparecerá en otros escritores hispanoamericanos hasta la década de los sesenta. Juan Rulfo se convierte así, a pesar de su breve producción literaria, en uno de los primeros escritores latinoamericanos con clara conciencia de renovación de la novela, inspirada en su propia tradición y en figuras como Joyce, Proust o Faulkner.

Como en una magna sinfonía, donde los temas y las melodías se entremezclan y cabalgan dirigidas por una inflexible voluntad de orquestación, el texto prescinde de las separaciones por capítulos y se lanza a una construcción que incluye breves fragmentos, monólogos o diálogos, voces del pueblo cuyo origen el lector debe adivinar, para describir lo que Jean Franco ha calificado como “una búsqueda del Paraíso que termina en el Infierno de Comala”. La novela se construye en el límite entre lo real y lo fantástico, y en esa ambigüedad en la que las fronteras se han borrado se proyectan tanto la huella de un sustrato indígena como las consecuencias histórico-sociales de la revolución mexicana, representadas por la violencia, el odio, la venganza generalizada y el abandono de la tierra.

Cada uno de los personajes de la narración, el cacique Pedro Páramo, asesino y ladrón, Susana, el padre Rentería, Fulgor Sedano y tantos otros, son figuras emblemáticas cuyos rasgos, de oscura e inquietante intensidad, han pasado ya a la historia de la literatura universal; aunque, como ya se ha dicho, el protagonista principal de la novela, como de otras narraciones de Rulfo, es el marco donde la acción transcurre, el universo mítico de Comala donde nacen y mueren las ansias y los ardores de sus habitantes, un “lugar sobre brasas” que se convierte en inolvidable metáfora de un mundo de soledad y opresión, cruel y tierno, pasional o interesado.

La enigmática historia de Pedro Páramo y su prosa llena de oscuros simbolismos han generado, como es lógico, una ingente cantidad de interpretaciones y han sido campo abonado para que los estudiosos buscaran significaciones ocultas, metáforas, lanzándose a una fecunda tarea de elucidación; la crítica se ha inclinado sobre sus páginas, y sin duda seguirá haciéndolo durante mucho tiempo, para interrogarlas con la esperanza de sacar a la luz un significado unívoco. Sin embargo, el propio Juan Rulfo dijo de ella: “En realidad es la historia de un pueblo que va muriendo por sí mismo. No lo mata nada. No lo mata nadie”, una interpretación que parecerá demasiado simplista a quienes, empeñados en una paciente labor investigadora, olviden que cualquier novela es, en verdad, la obra de sus lectores y que, por lo tanto, en sus páginas pueden encontrarse todos los universos.

 “El hombre”  El Llano en llamas:

Los pies del hombre se hundieron en la arena, dejando una huella sin forma, como si fuera la pezuña de un animal. Treparon sobre las piedras, engurruñándose al sentir la inclinación de la subida, luego caminaron hacia arriba, buscando el horizonte.

“Pies planos -dijo el que lo seguía-. Y un dedo de menos. Le falta el dedo gordo en el pie izquierdo. No abundan los fulanos con estas señas. Así será fácil.”

La vereda subía entre yerbas, llena de espinas y de malasmujeres. Parecía un camino de hormigas angosto. Subían sin rodeos hacia el cielo. Se perdía allá y luego volvía a aparecer más lejos, bajo un cielo más lejano.

Los pies siguieron la vereda, sin desviarse. El hombre caminó apoyándose en los callos de sus talones, raspando las piedras con las uñas de sus pies, rasguñándose los brazos, deteniéndose en cada horizonte para medir su fin: “no el mío, sino el de él, dijo. Y volvió la cabeza para ver quien había hablado.

Ni una gota de aire, sólo el eco de su ruido entre las ramas rotas. Desvanecido a fuerza de ir a tientas calculando sus pasos, aguantando hasta la respiración:“voy a lo que voy”, volvió a decir.

Y supo que era él quien hablaba.

“Subió por aquí, rastrillando el monte – dijo el que lo seguía-. Cortó las ramas con un machete. Se conoce que lo arrastraba el ansia. Y el ansia deja huella siempre. Eso lo perderá”

Comenzó a perder el ánimo cuando las horas se alargaron y detrás de un horizonte estaba otro y el cerro por donde subía no terminaba. Sacó el machete y cortó las ramas duras como raíces y tronchó la yerba desde la raíz. Mascó un gargajo mugroso y lo arrojó a la tierra con coraje. Se chupó los dientes y volvió a escupir. El cielo estaba tranquilo allá arriba, quieto, trasluciendo sus nubes entre la silueta de los palos guajes, sin hojas. No era tiempo de hojas. Era ese tiempo seco y roñoso de espinas y de espigas secas y silvestres. Golpeaba con ansia sobre los matojos con el machete: “Se amellará con ese trabajito, más te vale dejar en paz las cosas”

Oyó allá atrás su propia voz.

“Lo señaló su propio coraje -dijo el perseguidor-. Él ha dicho quién es, ahora solo falta saber dónde está. Terminaré de subir por dónde subió, después bajaré por dónde bajó, rastreándolo hasta cansarlo. Y donde yo me detenga, allí estará. Se arrodillará y me pedirá perdón. Y yo le dejaré ir un balazo en la nuca… Eso sucederá cuando lo encuentre.”

Llegó al final. Sólo el puro cielo, cenizo medio quemado por la nublazón de la noche. La tierra se había caído para el otro lado. Miró a la casa enfrente de él, dela que salía el último rescoldo. Se enterró en la tierra blanda, recién removida. Tocó la puerta sin querer, con el mango del machete. Un perro llegó y la lamió las rodillas, otro más corrió a su alrededor moviendo la cola. Entonces empujó la puerta sólo cerrada a la noche.

El que lo perseguía dijo: “Hizo un buen trabajo. Ni siquiera los despertó. Debió llegar a eso de la una, cuando el sueño es más pesado; cuando comienzan los sueños; después del ´Descansen en paz´, cuando se suelta la vida en manos de la noche y cuando el cansancio del cuerpo raspa las cuerdas de la desconfianza y las rompe.”

No debí matarlos a todos –iba pensando el hombre-. No valía la pena echarme ese tercio tan pesado en mi espalda. Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno. Debía de haberlos tentaleado de uno por uno hasta dar con él; lo hubiera conocido por el bigote, aunque estaba oscuro hubiera sabido dónde pegarle antes que se levantara… Después de todo, así estuvo mejor. Nadie los llorará y yo viviré en paz. La cosa en encontrar el paso para irme de aquí antes que me agarre la noche.”

El hombre entró a la angostura del río por la tarde. El solo no había salido todo el día, pero la luz se había borneado, volteando las sombras; por eso supo que era después del mediodía.

“Estás atrapado – dijo el que iba detrás de él y que ahora estaba sentado a la orilla del río-. Te has metido en un atolladero. Primero haciendo tu fechoría y ahora yendo ha los cajones, hacia tu propio cajón. No tiene caso que te siga hasta allá. Tendrás que regresar en cuanto te veas encañonado. Te esperaré aquí. Aprovecharé el tiempo para medir mi puntería, para saber dónde te voy a colocar la bala. Tengo paciencia y tú no la tienes, así que ésa es mi ventaja. Tengo mi corazón que resbala y da vueltas en su propia sangre, y el tuyo está desbaratado, revenido y lleno de pudrición.. Ésa es también mi ventaja. Mañana estará muerto, o tal vez pasado mañana o dentro de ocho días . No importa el tiempo. Tengo paciencia”

El hombre vio que el río se encajonaba entre las altas paredes y se detuvo. “´Tendré que regresar”, dijo.

El río en estos lugares es ancho y hondo y no tropieza con ninguna piedra. Se resbala en un cauce como de aceite espeso y sucio. Y de vez en cuando se traga alguna rama en sus remolinos, sorbiéndola sin que se oiga ningún quejido.

“Hijo -dijo el que estaba sentado esperando -: no tiene caso que te diga que el te mató está muerto desde ahora. ¿Acaso yo ganaré algo con eso? La cosa es que yo estuve contigo. ¿De que sirve explicar nada? No esta contigo.

Eso es todo. No con ella. Ni con él. No estaba con nadie; porque el recién nacido no me dejó ninguna señal de recuerdo.”

El hombre recorrió un largo tramo río arriba. En la cabeza le rebotaban  burbujas de sangre. “Creí que el primero iba a despertar a los demás con estertor, por eso me di prisa. “Discúlpenme la apuración”, les dijo. Y después sintió que el gorgoreo, aquel era igual al ronquido de la gente dormida; por eso se puso tan en calma cuando salió a la noche de afuera, al frío de aquella noche nublada.

Parecía venir huyendo. Traía una porción de lodo en las zancas, que ya ni se sabía cuál era el color de los pantalones .

Lo vi desde que se zambulló en el río . Apechugó el cuerpo y luego se dejó ir corriente abajo, sin manotear, como si caminara pisando el fondo. Después rebalsó la orilla y puso sus trapos a secar. Lo vi que temblaba de frío. Hacía aires y esta nublado.

Me estuve asomando dese el boquete de la cerca donde me tenía el patrón al encargo de sus borregos. Volvía y miraba a aquel hombre sin que él se maliciara que alguien lo estaba espiando.

Se apalancó en sus brazos y se estuvo estirando y aflojando su humanidad, dejando orear el cuerpo para que se secara. Luego se enjaretó la camisa y los pantalones agujereados. Vi que no traía machete ni ningún arma. Sólo la pura funda que le colgaba de la cintura huérfana.

Miró y remiró para todos lados y se fue. Y ya iba yo a enderezarme para arriar a  mis borregos, cuando lo vi volver con la misma traza de desorientado.

Se metió otra vez en el río, en el brazo de en medio, de regreso.

“¿Qué trairá este hombre?”, me pregunté.

Y nada. Se echó de vuelta al río y la corriente se soltó  zangoloteando como un reguilete, y hasta por poco se ahoga. Dio muchos manotazos y por fin no pudo pasar y salió allá abajo, echando buches de agua hasta desentriparse.                                Volvió a hacer la operación de secarse en pelota y luego arrendó río arriba por el rumbo de donde había venido.

Que me lo dieran ahorita. De saber lo que había hecho lo hubiera apachurrado a pedradas y ni siquiera me entraría remordimiento.                                                         Ya lo  decía yo que era un juilón. Con sólo verle la cara. Pero no soy adivino, señor licenciado. Solo soy un cuidador de borregos y hasta si usted quiere algo miedoso cuando da la ocasión. Aunque, como usted dice, lo pude muy bien agarrar desprevenido y una pedrada bien dada en la cabeza lo hubiera dejado allí tieso. Usted ni quién se lo quite tiene la razón.

Eso que me cuenta de todas las muertes que debía y que acababa de efectuar, no me lo perdono. Me gusta matar matones, créame usted. No es la costumbre; pero se ha de sentir sabroso ayudarle a Dios a acabar con esos hijos del mal.                                     La cosa es que no todo quedó allí. Lo vi venir de nueva cuenta al día siguiente. Pero yo todavía no sabía nada. ¡ De haberlo sabido!                                                                    Lo vi venir más flaco que el día antes, con los güesos afuerita del pellejo, con la camisa rasgada. No creí que fuera él, así estaba de desconocido.

Lo conocí por el arrastre de sus ojos: medio duros, como que lastimaban. Lo vi beber agua y luego hacer buches como quien está enjuagándose la boca; pero lo que pasaba era que se había tragado un buen puñado de ajolotes, porque el charco donde se puso a sorber era bajito y estaba plagado de ajolotes. Debía tener hambre.                           Le vi los ojos, que eran dos agujeros oscuros como de cueva. Se me arrimó y me dijo: “¿son tuyas esas borregas?” y le dije que no. “Son de quien las parió”, eso le dije.      No le hizo gracia la cosa. Ni siquiera peló el diente. Se pegó a la más ovochona de mis borregas y con sus manos de tenazas la agarró las patas y le sorbió el pezón. Hasta acá se oían los balidos del animal; pero él no la soltaba, seguía chupe y chupe hasta que se hastió de mamar. Con decirle que tuve que echarle Criolina en las ubres para que se le desinflamaran y no se le fuera a infestarlos mordiscos que el hombre le había dado.

¿Dice usted que mató a toditita la familia de los Urquidi? De haberlo sabido lo atajo a puros leñazos.

Pero uno es ignorante. Uno vive remontado en el cerro, sin más trato que los borregos, y los borregos no saben de chismes.                                                                                Y al otro día se volvió a aparecer. al llegar, yo, llegó él. Y hasta entramos en amistad.  Me contó que no era de por aquí, que era de un lugar muy lejos; pero que no podía andar ya porque le faltaban las piernas: “Camino y camino y no ando nada. Se me doblan las piernas de la debilidad. Y mi tierra está lejos, más allá de aquellos cerros. “Me contó que se había pasado dos días sin comer más que puros yerbajos.            Eso me dijo.                                                                                                                ¿dice usted que ni piedad le entró cuando mató a los familiares de los Urquidi?         De haberlo sabido se habría quedado en juicio y con la boca abierta mientras estaba bebiéndose la leche de leche de mis borregas.                                                           Pero no parecía malo. Me contaba de su mujer y de sus chamacos. Y de lejos que estaban de él. Se sorbía los mocos al acordarse de ellos.                                               Y estaba reflaco , como trasijado. Todavía ayer se comió un pedazo de animal que se había muerto del relámpago. Parte amaneció comida de seguro por las hormigas arrieras y la parte que quedó él la tatemó a las brasas que yo prendía para calentarme las tortillas y le dio fin. Ruñó los güesos hasta dejarlos pelones. “El animalito murió de enfermedad”, le dije yo.                                                                                               Pero como si ni me oyera. Se lo tragó enterito. Tenía hambre.                                 Pero dice usted que acabó con la vida de esa gente. De haberlo sabido. Lo que es ser ignorante y confiado. Yo no soy más que borreguero y de ahí en más no sé nada. ¡Con decirle que se comía mis tortillas y que las embarraba en mi mismo plato!                 ¿De modo que ora que vengo a decirle lo que sé, yo salgo encubridor? Pos ora sí.   ¿Y  dice usted que me va a meter en la cárcel por esconder a ese individuo? Ni que yo fuera el que mató a la familia esa. Yo sólo vengo a decirle que allí en un charco en el río está un difunto. Y ora que yo se lo digo, salgo encubridor. Pos ora sí.            Créame usted, señor licenciado, que de haber sabido quién era aquel hombre no me hubiera faltado modo de hacerlo perdedizo. ¿Pero yo qué sabía? Yo no soy adivino.   Él solo me pedía de comer y me platicaba de sus muchachos, chorreando de lágrimas.  Y ahora se ha muerto. Yo creí que había puesto a secar sus trapos entre las piedras del río; per era él, enterito, el que estaba allí boca abajo, con la cara metida en el agua. Primero creí que se había doblado al empinarse sobre el río y no había podido ya enderezar la cabeza y que luego se había puesto a resollar agua, hasta que le vi la sangre coagulada que le salía por la boca y la nuca repleta de agujeros como si lo hubieran taladrado.                                                                                                        Yo  no voy averiguar eso. Sólo vengo a decirle lo que pasó, sin quitar ni poner nada. Soy borreguero y no sé de otras cosas.

 

 

Fotos encuentro con Carmen Maestre

Algunas fotos del encuentro con la autora de Literatura Infantil y Juvenil, Carmen Maestre, con cursos de quinto de primaria, gracias al Programa Letras Minúsculas- Letras Jóvenes del Centro Andaluz de las Letras.

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EL UNIVERSO DEL DIBUJO DE CARMEN MAESTRE

 

 

 

 

 

 

 

Mañana 9 de abril la Biblioteca Pública llevará al Colegio “Manuel Castro de Orellana” a la escritora de Literatura Infantil Carmen Maestre

CENTRO ANDALUZ DE LAS LETRAS                                                                     Villanueva del Ariscal 2014

CENTRO ANDALUZ DE LAS LETRAS LOGOTIPO

Gracias a la Consejería de Educación, Cultura y Deporte                                            de la Junta de Andalucía  y al Centro Andaluz de las Letras                               Dentro de la Programación  Letras Minúsculas-Letras Jóvenes 

   

CARMEN MAESTRE                                   EL UNIVERSO DEL DIBUJO DE CARMEN MAESTRE

Mañana,  miércoles 9 de abril a las 10:30 de la mañana. Los escolares de quinto de primaria del Centro Escolar “Manuel Castro de Orellna”, tendrán un Encuentro con la escritora de Literatura Infantil Mª del Carmen Maestre Montes. Presentará a los niños y niñas, su primera novela de ficción “El universo dibujado”.

 

 

CONSEJERÍA EDUCACIÓN CULTURA Y DEPORTE      escudovillanuevadelariscal_mini[1]         B.P.M FEDERICO GARCÍA LORCA VILLANUEVA DEL ARISCAL

                                    Excmo. Ayuntamiento de        B.P.M. “F. García Lorca”                                                   Villanueva del Ariscal

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    BIOGRAFÍA

 Maria del Carmen Maestre, es sevillana. Es licenciada en Derecho y ha cursado estudios de Piano, Solfeo y Composición. Escritora de cuentos y poesía, ha publicado relatos en los libros «Tinta Amarilla» y «Ciudad Sur» (Ediciones Padilla 2000 y 2001). Su proyecto creativo combina la Música y la Literatura como herramientas para transmitir el sentido esencial del ser humano y de la vida, a través del Arte. El Universo Dibujado es su primera novela de ficción.Ha sido Asesora de Empleo de la Junta de Andalucía. En la actualidad, está trabajando con distintos colectivos y organismos como Arteterapeuta.

Publicaciones:

Novela: “El Universo Dibujado”. Editorial Edimater. 2009.

Relatos: 

Negro sobre negropublicado en el libro “Tinta Amarilla”. Colección Nueva Narrativa. Padilla Libros Editores. 2000.

Apariencias, publicado en el libro “Ciudad Sur”. Colección Nueva Narrativa. Padilla Libros Editores. 2001.

Otros trabajos literarios:

  • Poesía y Relato

  • Cuentos personalizados

  • Cuentos en verso para niños

 

Sipnosis de “El universo dibujado”

Qué ocurriría si un día cualquiera coges el abrigo de tu armario y, al meter la mano en el bolsillo, descubres que allí escondido hay “algo” o “alguien” totalmente insólito, que de ninguna manera podría estar ahí. Qué ocurriría si esa “cosa” o ser te tansportara de pronto a otro mundo donde olvidaras quién eres, y de dónde has venido. Paula, la protagonista, se embarca en una aventura dentro de un universo paralelo, donde existen seres de distinta cultura y naturaleza, que un día, sin saber muy bien por qué, comienzan a mezclar sus vidas y escenarios, generando con ello una gran confución. La misión de Paula consiste en recordar quén es ella de verdad y de dónde ha venido, para que todos los demás personajes que va encontrando puedan a su vez recuperar su lugar. De este modo deberá pasar por diversas pruebas en el mar del Pirata, en la tribu de los indios de Piel Verde, en el bosque de los Árboles Parlantes dónde se encuentra el Portal de las Hadas… En este Universo existe un secreto que la niña tendrá que descubrir  para poder salvar a sus amigos y volver a su casa.

Al bucear entre las líneas de esta historia se puede escuchar una melodía especial que nos transmite el secreto… la verdad de quienes somos

Opinión de la Autora

“El universo dibujado es un libro para los más pequeños de la casa. Paula, la protagonista, descubre un día a un pequeño dromedario llamado Bobo en el bolsibllo de su abrigo. El animal no sólo le habla sino que llora porque ha sido separado de su familia. La niña lo intenta ayudar con el polvo de hadas que le regaló su padre pero de repente, ella acaba haciéndose tan pequeña como Bobo y ambos se teletransportan al universo al que pertenece el dromedario.

Cuando llegan allí, Paula y Bobo, pierden la memoria y no recuerda ni siquiera el nombra de la chica. Y es ahí cuando empieza la verdadera aventura: Bobo y Paula, emprenderán un viaje para poder recordar y también para estabilizar los mundos mágicos. Y, es que sin saber el motivo, las distintas tierras mágicas (desiertos, mares, bosque de las Hadas, etc.), se están mezclando entre sí. Estos lugares encantados son los que Paula dibujó en su libreta de pintar, es decir, que fue ella quién les dió vida.

Aparecerán personajes como Lucía del Sol y del Sí y Juan Delfín que acompañará a la protagonista en este viaje. Cada capítulo, es una página de la libreta y, por tanto, un escenario distinto

El libro es cortito, de lectura rápida y muy ameno; acompañado con unas ilustraciones preciosas. Es una historia que habla del poder de la imaginación y del camino para encontrar quiénes somos en realidad.”

“Mercado de espejismos” de Felipe Benítez Reyes

” ALGUNAS FRASES EN BOCA DE LOS PERSONJES DE “MERCADO DE ESPEJISMOS” SOBRE EL TIEMPO, EL AMOR, DESAMOR, LA VIDA….”

“Hay historias que no deben contarse (en principio porque nadie va a creerlas), pero siempre habrá quien las cuente, ya que esas historias son como grandes pájaros que revoletean sobre nuestra imaginación (dominio de lo incorpóreo y lo imposible) y sobre nuestra conciencia (dominio de lo indeciso y lo secreto), y llega el día en que esas enormes aves hechas de palabras proyectan su sombra solemne sobre el mundo, y sus siluetas corrompen la claridad del cielo: el dueño de la historia la propaga. Y el que la ha escuchado se ve impelido a propagarla”.

“…Y del tiempo, que es el veneno más fuerte de todos, y sin más antídoto que la inexistencia.”

” Y así se nos fuga la vida, que es más supervivencia que otra cosa, por muy transcendentes que nos pongamos con respecto a nuestro papel en este cuento: siempre seremos víctimas potenciales del lobo.”

“Según el periódico, no se descartaba la posibilidad del suicidio. “Suicidio? No, por Dios. Los hombres como Casares no se matan: ellos colaboran a construir la realidad, a hacer que la rueda dentada gire, con su chirrido de eje mohoso, así el eje mohoso les triture el corazón. No. La gente como Casares no se mata. Ellos esperan resignados o temblorosos, o ambas cosas a la vez, a que caiga el telón a su debido tiempo, porque quieren conocer a toda costa el desenlace invariable: un poco de sufrimiento, un poco de estupor y, de pronto, la grandeza hueca de la Nada. (Y el olvido inmenso.)”

“Acabé casándome con Natalia Aldunate, cuatro años mayor que yo, escapada de un matrimonio lleno de espinas y de varias relaciones espinosas: un corazón, en suma, escarmentado. (Lo más curioso de todo es que siempre he estado de acuerdo con aquellos herejes del siglo III que recibieron la denominación de “organistas impuros” y que predicaban que el matrimonio es una invención abominable, al atar pasiones y desatar en cambio la procreación, pero se ve que nuestras convicciones dejan de resultarnos convincentes en beneficio de la provisionalidad de las circunstancias, que a veces entran en la vida como los maremotos y que se van como ellos, dejando atrás lo que suelen.)”

“Tuvimos como es lógico unos meses de fascinación: la fumarola púrpura del mago. Pero hubo también casi dos años de angustia desde el instante que ambos caímos en la cuenta de que nos habíamos equivocado de espejismo, que es una equivocación demoledora, porque te deja en situación de irrealidad ante una realidad contundente”

“(Las alucinaciones del corazón, en fin, resultan complicadas, ya sea para bien o para mal, o más generalmente para ambas cosas a la vez.)”

“Tengo para mí, no sé, que el amor depende de una fórmula mágica casual: dices o escuchas la fórmula adecuada y el amor se produce, en ti o en el otro, o en ambos a la vez si la suerte está de cara. Un puro sahumerio verbal. La feliz logomaquia. Pero también está lo contrario: unas cuantas palabras equivocadas pueden hacer la función de antídoto.”

“A veces, lo reconozco, pienso en el amor verdadero como quien piensa en el mito de El Dorado o en la leyenda del unicornio: un algo envuelto en una bruma, una fantasía cálida de la razón. Y algo inconcretable se reanima entonces dentro de mí por un instante, un sueño rápido que hace sonreír al durmiente. pero me hago cargo de que ya no es el momento de nada: si tienes casi setenta años y estás descontento con tu vida, no tiene mucho sentido plantearse un cambio de vida. El planteamiento es otro, más sencillo: ¿merece la pena seguir viviendo o no? (Y lo curioso es que viene a dar lo mismo una opción que otra.)”

“Por eso llevan buena parte de razón quienes aseguran que la vida se basa en carambolas accidentales, en concordancias a tuntún.
…Aunque a veces, y a veces por fortuna, las cosas no son tan sencillas ni tan terribles como parecen a primera vista”

“Cuando llegué a casa, tía Corina esta leyendo. La diabetes va robándole visión, y estoy seguro que si se ve privada algún día del don de la lectura, morirá del mal de Eratóstenes, aquel bibliotecario de Alejandría que, al comprobar que la debilidad de sus ojos le impedía leer, se dejó morir, desencantado y desdeñoso de todos los demás estímulos terrenales, pues los libros no eran para él cosas del mundo, sino cifra del mundo y arquetipo de la casi infinidad de cosas visibles e invisibles que lo componen”

“…ya que nuestros difuntos pueden ser muy obstinados: nuestros muertos más íntimos no acaban de morirse nunca, precisamente porque se nos están muriendo a cada instante.”

“Salí del hospital a media mañana, cansado de cuerpo y de incertidumbres, de estar sentado en una silla de plástico, de presagios adversos, co la luz en los tubos fluorescentes metida en los ojos como una alucinación de blancura.
Nada más llegar a casa, me acosté, pero el sueño me huía supongo que por culpa de esa ley universal que hace difícil la consecución de cuanto se desea. por insignificante que sea lo que se desee. (Dormir un par de horas, por ejemplo.) Me levantaba. Me acostaba. No quería tomarme un ansiolítico por si acaso avisaban del hospital y me pillaban deambulando como un bobo por una arcadia quimérica, como quien dice, y también porque en ese instante estaba -no me pregunten por qué – de que aquel dolor me pertenecía y no debía dominarlo.

El presentimiento de que tía Corina iba a morirse me desgarraba, por esa cosa que tienen los presentimientos de querer apoderarse de más realidad que los acontecimientos mismos. Lloraba por ella y lloraba por mí. lloraba por nuestro mundo en miniatura, nuestro pequeño mundo de saberes inútiles y de negocios anómalos. Lloraba por el pasado, por el presente y por el futuro, ese futuro que suele ser para la mayoría de la gente -yo incluido- la categoría más devaluada del tiempo. Lloraba porque me veía llorando en el espejo y porque el llanto llama al llanto. Lloraba del lástima por ese individuo que lloraba ante mí con mi cara, con mis ojos, con mi corazón atenazado por el presagio de un vacío irreparable.”
“Las expectativas eran pesimistas: tía Corina podía morirse o bien seguir moribunda, según el médico”

“Como en casa sólo conseguía desasosegarme, me tomé un café y volví al hospital..
“Va bien”, me dijo una enfermera …”Está fuera de peligro, pero habrá que esperar la evolución”, me dijo un médico con aspecto de niño que juega a las resurrecciones con los polvos sobrenaturales de su estuche infantil de mago”

“Tía Corina era un bulto blanco y dormido entre paredes blancas, entre utensilios sin color, entre figuras blancas: la escenografía de la nada misma.
… Y volví a sentarme en el pasillo, a pensar en lo que menos quería pensar”

“….Tras aquello sucesión de puertas prohibidas para mí, en la cámara hermética de las grandes dudas, Tía Corina estaría sumida en esa clase de pensamientos que sólo pueden compartirse con uno mismo, y a veces ni siquiera eso.
Y mi reloj era lento como una vida”

“Al tercer día, a tía Corina la bajaron a planta. “A partir de ahora, seré una filósofa profesional”, me dijo nada más verme. Por un instante, temí que se hubiese ido la cabeza, que lo que les ocurre a muchos enfermos después de haber puesto un pié en el más allá, trastornados por ese viaje a medias y por los efectos imprevistos de las compotas de fármacos. “¿Recuerdas lo que decía Platón, aquello de que la filosofía es una meditación en torno a la muerte? Pues bien, yo he estado un buen montón de horas meditando sólo y exclusivamente en la muerte. Sólo en eso. Un curso intensivo. De modo que creo que me merezco al menos un diploma.” Y nos reímos. Y la vida pareció restablecerse. Y ella estaba mal pero feliz. Y yo estaba aterrado pero feliz.”

“Tía Corina compartía habitación con una anciana instalada en quién sabe qué limbo, con la boca siempre abierta, respirando a compases la agonía, como si quisiera tragarse la vida. “Ahí tienes la representación más clara de la prueba de San Anselmo para demostrar la existencia de Dios”, dijo señalando a su vecina de purgatorio. “Hay que ser el emperador cósmico para concebir esta canallada, porque a una persona vulgar no se le ocurría una cosa parecida”, y me estremecí, y me acordé de pasada de aquella coplilla de los tiempos del barroco que decía que bien está que tengamos que morirnos, pero envejecer, ¿por qué?”
“…estoy un poco mayor para soportar con entereza los misterios que derivan en misterios , pues el entusiasmo ante lo misterioso suele ser privilegio de la juventud. … porque ya está uno en edad de comprender que en nuestro mundo no hay misterios, sino que todo es un misterio inabarcable, una matemática fantasmagórica, un mecanismo incomprensible aunque perfecto: el álgebra de sin por que. Los pequeños misterios que nos fascinan o que nos atormentan no son más que parodias del gran misterio básico: el misterio anonadante de vivir en un universo que procuramos interpretar con la ayuda de una mente que ni siquiera consigue interpretarse a sí misma.”
“Por la tarde me fui al hospital. Tía Corina tenía muy mal aspecto, aunque intentaba bromear a toda costa, que es un método como cualquier otro de expresar el pánico. “¿Sabes? cada vez que me traen la comida, me acuerdo de tu padre, que decía que los menús de hospital tienen sabor a cadáver. Te ponen pollo y no te sabe a pollo, sino a cadáver de pollo. Te ponen sopa y no te sabe a sopa, sino a bilis de muerto. Hasta la fruta huele a morge.”
“¿Existe algo más ridículo que una persona que espera a otra persona en un restaurante?¿Una persona que alinea una docena de veces los cubiertos, que se aprende de memoria la cenefa del plato, que pasa el dedo por las copas para componer una música ululante, que mordisquea un poco de pan, que juega con las migajas de pan caídas sobre el mantel como si fuesen las cuentas de un ábaco? ¿Una persona que mira sin parar hacia la puerta y a la que el camarero trata con piedad y a la vez con desprecio: el chucho abandonado en una autopista?”

“…Por suerte, el orgullo admite rectificaciones, al igual que todos los sentimientos solemnes…”

“… Un hito más, en definitiva, en la estirpe secreta de los impostores, pues parece claro que existen dos grupos humanos fundamentales: los que se instalan en la realidad y los que se acomodan en la irrealidad; o, dicho de otro modo: los que asumen una identidad y los que aspiran al delirio de la mitificación de su identidad. (Mas o menos, en fin.)…”

“…Tía Corina y el Falso Príncipe se abrazaron. Un abrazo que era muestra de una complicidad inviolable entre supervivientes de un mundo caduco, de una época que sólo podían rememorar haciendo referencia continua a demasiados muertos: “¿Te acuerdas de …?” Y en enseguida el nombre de un cadáver, y una mueca de pesadumbre dulce y resignada, con la secreta coquetería de seguir aún en pie.”

“…”¿Cómo va eso, Jacob?”, y estuvimos un rato desempolvando el pasado, recordando situaciones de las que defendíamos versiones contradictorias, porque se ve que la memoria tiene mucho de caleidoscopio particular, y dándonos informaciones superficiales, en fin, de nuestras derivas cotidianas…”

“…y a esas alturas me vencía el sueño, a pesar del estruendo y del gentío, o tal vez gracias a ellos, ya que el sueño es un dios imprevisible: la calma puede trastornarlo y el bullicio servirle de sedante”

“…-yo-  al que sólo le quedaba el pasado y un presente de esencia retrospectiva.( “¿Quieres ser joven de nuevo?”, te pregunta un genio amable liberado de una lámpara. Tu dignidad, tu sentido común y una cierta pereza metafísica dudan un poco antes de responder que sí. Pero tus articulaciones, tus genitales y tus dientes no dudan en absoluto, y responden al instante con otra pregunta: “¿A quién habría que asesinar?”.)

“…Y asentí.” Pero eso sería demasiado bonito ¿verdad?” Y de nuevo asentí, porque la verdad es que se pasa uno media vida asintiendo a cosas con las que no puede estar de acuerdo ni por mera cortesía, “¿No te parece?” Y asentí”

“…Le dije al Penumbra que lo prudente sería desistir: ya no está uno en edad de regalarle unos años penitenciales a la Justicia humana, porque los años comienzan ser más valiosos precisamente cuando menos valen.”

“…(El mundo gira, y nosotros giramos con el mundo, y las conciencias tienden, en fin, a marearse,”

“…Me tumbé en la cama y me pasé las horas viendo los noticiarios, que repetían una y otro vez las mismas secuencias, las mismas hipótesis y los mismos comunicados oficiales, y así hasta que me quedé dormido.”

“…Es probable que el responsable de esa pereza sea el tiempo, que, a fin de cuentas, es el principal sospechoso de casi todo.La vejez consiste, esencialmente, en un estado crónico de pereza, y yo me sentía viejo. Perezoso. Sin ganas no ya de implicarme en una operación de aquella envergadura, sino incluso a levantarme de madrugada para ir al cuarto de baño. (Y la noche en que te lleves un orinal al dormitorio será el principio del fin: todas las teorías pomposas y milenarias en torno a la esencia del tiempo acabarán teniendo la forma de ese recipiente.)”

“…Los miembros de todas las familias se odian entre sí con ese odio cómplice que se da entre los siameses: unidos por el costado o por las orejas, o por el cerebro, o por un contrato matrimonial. (Los parientes, qué extraña tribu). De todas formas, sabes que fuera de la familia no hay nadie que te sienta como algo verdaderamente suyo, nadie que pueda quererte y odiarte a la vez con esa intensidad atávica. Fuera del ámbito de la familia, las relaciones pueden resultar más amables, más racionales incluso, los golpes bajos menos ruines (en parte porque te duelen menos), y es que dentro de la familia no se razona con la razón -valga la redundancia- sino con la sangre, y la sangre es un fluido soberbio. Fuera de la familia hay cosas mucho mejores que dentro de la familia, pero nadie ha logrado demostrar – no al menos por escrito- que el género humano tenga un interés especial en conseguir lo mejor. El género humano enseguida se siente a gusto en cualquier infierno, porque el infierno es su casa natural. El género humano, en resumidas cuentas, sólo visita paraísos para pegarles fuego o para mearse en ellos”

“…recordemos aquella frase desolada que Racine puso en la boca de una heroína de las suyas :”En el desprecio de su mirada leo mi ruina”.”

“…que la mayor falsificación imaginable es la propia realidad: el espejismo de un espejismo de un espejismo reflejado en el espejo hundido en el fondo de un lago transparente”

“…El problema de cualquier realidad inexorable es que llega, por más que la aplacemos mediante vacíos voluntarios de memoria: llega la hora de la muerte”

“…pero la vida tiene esas cosas: un día te diviertes humillando a un semejante y, al cabo de unos cuantos días, te ves pidiendo dinero a ese semejante, y resulta que ese semejante te lo niega. (Los desequilibrios…)”

“…Harto de los Reyes Magos, la verdad. Harto de huesos itinerantes. Harto de desconocidos majaretas. Hastiado de leyendas trastornadas.”

“…Los aeropuertos son los espacios más irreales que conozco: un híbrido de centro comercial, de sala de espera del dentista, de invernadero y de nave espacial un poco averiada.

Nos sentamos en un bar para hacer tiempo, “¿qué tal te va?”  , Le pregunté a tía Corina, en referencia a la novela  en torno al robo de las reliquias de los magos, que en  aquel instante leía. Puso los ojos en blanco y suspiró: “Los monosílabos de un loro son más sensatos que esto”, y dejó el libro sobre la mesa, “Si te contase de qué va, me tomarías por trastornada”, y tiró aquel cuento a una papelera cuando nos levantamos para dirigirnos a nuestra puerta de embarque.”

“…Me senté en el suelo, con el alma por ahí, de viaje astral. Tía Corina, después de inspeccionar el piso, se sentó en una silla superviviente. La miraba. Me miraba. Mirábamos en derredor . Las alteraciones violentas de la realidad necesitan una asimilación lenta, porque hay veces en que la realidad puede ser un plato bastante indigesto”

“…El primo Walter, el falso moribundo, el filósofo vocacional con derivas de pícaro, nos había convertido en más pobres de lo que eramos, y precisamente en el momento en que más pobres nos sentíamos, porque la adversidad es partidaria de la sobreactuación. “Esto va a obligarnos  a pensar un poco más en el futuro, como si fuéramos videntes”, y no tuve más remedio que sonreír, menos por ganas que por inercia”

“…”¿Federiquito Arreola?”, se preguntó asombrada tía Corina,  cuando se lo dije. Esto va a parecer el carnaval de los tarados. ¿Por qué no nos olvidamos de una vez de este asunto”. A fin de cuentas, casi todo el mundo vive sin comprender casi nada de lo que hace  ni de lo que le ocurre.”

“… El fiscal juvilado se sacó una fotografía de la cartera y me la tendió. “Ese era yo hace 40 años”, y allí estaba: un joven con bigote, de ojos expresivos, con una corbata de nudo escuálido y con labios serios.”¡Qué época usted! Pero todo se va como un cohete”, y se guardó en la cartera su espectro de juventud, supongo que hasta un nuevo desconocido le brindase la ocasión de entonar su elegía por la racha dorada.”

“…”Mira, pensamos que la realidad es una especie de magma incontrolado y caprichoso, pero no es así, o no siempre. La realidad también se basa en simetría fortuitas, en rimas inesperadas, en concordancias accidentales.”

“…”¿Quén es Enciclopedista Invisible?” La respuesta fue difusa: “Nadie lo sabe. Una especie de demiurgo anónimo. Alguien que conoce la historia del mundo desde el principio y que se presta a revelarla de forma gratuita, que es lo más sorprendente de todo,aún siendo todo sorprendente.” Según el profesor Negarjuna Ibrahima, se da por hecho que se trata de un colectivo de sabios desocupados, jubilados tal vez de sus profesiones y conectados entre sí mediante la red informática, que alivian su inacción con ese pasatiempo: el de convertirse en una enciclopedia viva, disponible a cualquier hora del día y de la noche y abierta a consultas sobre cualquier materia, desde la prosodia latina al grito de apareamiento de los primates, desde la gastronomía de los pueblos polinesios prehistóricos a un restaurante inaugurado anoche en Moscú y lo mismo te proporciona el Enciclopedista Invisible el mapa de una ciudad que el plano del arca de Noé, según lo que le pida tu ignorancia.”

“…Tía Corina llegó muy tarde y muy mal. Había ganado algo de dinero, pero había perdido el equivalente en vida. Tuve que ayudarle incluso a desvestirse y, de pronto,se me vino encima un presentimiento de futuro, y era un mal presentimiento, y era un futuro malo, y próximo. Creo que las píldoras de Andorra están corroyéndola más de lo prudente, porque la animación que le proporcionan durante unas horas tiene que pagarlas en abatimiento durante otras muchas, y no sé si se trata de un recurso compensado. Y la ginebra, en fin, que me temo que hace malas ligas con esa química euforizante. Y la diabetes. Y la edad. “Cuídate.” Pero me hace el caso que me hace. Cuando la dejé dormida, me senté en la biblioteca y me puse a leer un poco de esto y un poco de lo otro, vagamundeando por regiones fingidas, a la espera del primer síntomo de somnolencia para irme a la cama. Pero aquel síntoma tardó. Y, de pronto, sentí ganas de llorar, y le dije al llanto que manara, que tenía mi permiso, pero el llanto, como casi siempre, se me quedó dentro, encharcado,  y poco después amaneció, y fue aquella luz cadavérica la que me empujó a la cama, pues es muy mala luz para el sombrío.”

“…”La realidad es más perfecta que la ficción precisamente porque no necesita coherencia. La realidad es lo que es y la ficción es siempre un artificio. Y tú te has empeñado en vivir dentro de una novela. Y eso no puede ser, porque en las novelas no hay quién viva. Los personajes novelísticos son esclavos de la lógica argumental y no pueden ir a Boston o a Bruselas porque sí, porque les da la gana, sino porque Boston o Bruselas son lugares decisivos en el desarrollo de la historia. Uno puede ir a Boston o a Bruselas sin que ese viaje esté obligado a significar nada en su vida. Esa es la diferencia esencial entre lo vivo y lo inventado.” Y puede que tuviese razón, pero me quedaba, como alternatiba, un argumento: los personajes reales también somos esclavos de una lógica argumental, porque necesitamos esa lógica, al margen incluso de la lógica en sí, y no sé si me explico. “No te entiendo”, dijo tía Corina, y ahí lo dejamos”

“…”Te lo tengo dicho y repetido. La mayoría de los nuestros está ya aquí de prestado. Disimulando. Queriendo hacer ver que la vida sigue, aunque lo único que sigue es esta muerte lenta.” Y se nos quitó el apetito.”

“… Es posible que cuanto nos ocurre tenga un antecedente concreto, un detonante específico y a veces imperceptible, pues estoy más o menos convencido de que el verdadero motor de la vida es el efecto dominó, según me permito ejemplificar a la marera del primo Walter: nunca lees la prensa, jamás te ha interesado la crónica de sucesos, pero un día compras el periódico para enterarte de los detalles del asesinato comentido por un vecino tuyo.”

“… conoces al amor de tu vida. Y bien: amor y vida . Dos palabras importantes por sí mismas y maravillosas si deciden aliarse para formar un sólo concepto. Y ya estás instalado dentro de una alucinación.”

“… El primer extrañado ante esta circunstancia soy yo, que me daba por jubilado de este tipo de fascinaciones, pero se ve que no nos morimos del todo hasta que no nos morimos del todo.Por si les interesa, les confesaré que aún no hemos tenido relaciones sexuales ni nada que se les aproxime. Aparte de su luto, ambos estamos en una edad en que avergüenza un poco desnudarse por primera vez delante de otra persona, ya que los ojos tienen que acostumbrarse a un nivel considerable de decrepitud, al contrario de lo que ocurre entre los jóvenes que sólo tienen que deslumbrarse ante el esplendor. En las parejas que envejecen juntas no se da ese problema, según me dicen: el cuerpo de hoy lo ven a través del recuerdo del cuerpo de ayer, porque la persona amada es intemporal, así se caiga a pedazos, y ahí reside la magia del amor duradero, que es una hermosa prestidigitación de los sentidos.”

“… Marta y yo aún estamos en una especie de periodo neutral, en esa fase de toda relación amorosa en que nadie es exactamente quien es, sino un amable impostor, una versión dulcificada y atenuada de sí mismo, con el carácter a ralentí, exhibiendo el plumaje. Luego, como es lógico, llegará el momento inaplazable de ser sin remedio somos, con todo nuestro fardo de contradicciones disfrazadas de convicciones, con nuestro desordenado equipaje de tiempo, y ese es simpre el periodo delicado. A partir de ahí, el modo en que la otra persona se lleve a la boca una simple aceituna puede ser decisivo para disipar el hechizo.”

“… sobre todo si se tiene en cuenta que el único futuro cierto es la muerte del cuerpo -eso por descontado- y también la muerte metafórica y progresiva de todas las ilusiones que vamos almacenando en el cuerpo hasta un segundo antes de morirnos. (Y es que incluso el hecho de desear la muerte puede considerarse una ilusión.) Pero esa muerte metafórica anda aún olvidada de nosotros, y que en su palacio gélido se quede.”

“… Hablamos de esto y de aquello, sin mucho rumbo, de aquello y de esto, de cualquier cosa que no seamos estrictamente nosotros, de cualquier cosa que no nos obligue a tirar del hilo de nuestra vida. En las parejas jóvenes necesitan conocerse, aunque apenas custodian secretos todavía y haya poco que conocer; en cambio, se ve que los adultos, cuando se emparejan, procuran saber lo indispensable del otro y saberlo lo más tarde posible, tal vez porque nos asalta la sospecha de que cuánto más sepamos peor. De modo que ahí estamos: en el país encantado de las palabras que van y vienen sin dejar huella alguna, de las frases que se olvidan antes de terminar de formularlas.” …” En una fase en que las palabras suenan, pero no significan gran cosa. Ambos sin pasado aparente y sin futuro que nos urja. En el presente puro, hijo, pródigo de la nada. Precavidos. Y es posible que un poco aterrados. Pero bien.”

“… Me da la impresión que usted está buscando la punta de su propia nariz. Usted es un náufrago que sueña que intenta alcanzar en vano la isla en la que  está teniendo esa pesadilla. Y eso es todo. Sea como sea, olvídese del asunto cuanto antes y piense en otra cosa, porque la vida consiste en eso: en ir renovando el repertorio de alucinaciones.” Y ahí quedó la revelación: niebla sobre niebla, humo contra humo y vacío embasado al vacío , como si dejeramos.”

“…Si alguien lee algún día estos papeles, le rogaría que entendiese todo esto, en suma, como un memorial caótico de unos lances sin por qué , sin para qué y sin más sentido que el que tienen las cosas que nos pasan a cada instante y que, sin darnos cuenta, conforman una trama misteriosa: el día de ayer resulta inconsecuente con respecto al de hoy, y el de hoy será incoherente con respecto al de mañana, y a ese cajón de sastre le damos el nombre de vida. “La historia de mi vida …”, decimos a veces con orgullo, como si se tratase de un ciclo impecable de acción y pensamiento, cuando todo no es más que una suma de acciones fortuitas y de pensamientos que tiran a contrdictorios. Nos empeñamos en comprender, pero nos olvidamos con frecuencia de comprender lo básico, aunque me duela decirlo: que no hay gran cosa que comprender, quizá porque comprender la vida conduce a la negación de la vida: en el momento en que la comprendemos, nos echamos a temblar. ¿Y a quién le gusta temblar?”