Juan Rulfo. Vida y Obra

images.jpg JUAN RULFO Juntitled.png JUAN RULFO 3untitled.png JUAN RULFO 2   images.jpg JUAN RULFO 4descarga.jpg Juan Rulfo 2

 

 

 

 

 

 

 

 

De nombre Juan Nepomuceno Carlos

Pérez Rulfo Vizcaíno, toma como nombre artístico, Juan Rulfo.  Escritor y fotógrafo mexicano.  Está considerado uno de los escritores más influyentes del S.XX.

Nace en San Gabriel  Estado de Jalisco,  en un pequeño pueblo llamado Apulco, el 16 de mayo de 1917, muere en el 7 de enero de 1986, a causa, de un enfisema pulmonar, en Ciudad de Mexico. Creció en este pequeño pueblo, una villa rural dominada por la superstición y el culto a los muertos. Fue testigo de los violentos episodios de la rebelión Cristera, entre 1926 y 1929, sufrió las duras consecuencias de esta rebelión en su familia más cercana, su padre y abuelo fueron asesinados. Esos primeros años de su vida, habrían de conformar, en parte, el universo desolado, que Juan Rulfo, recreó en su breve pero brillante obra “Pedro Páramo”.

Juan Rulfo, procede de una familia acomodada, fue el tercero de cinco hermanos, su padre Juan Nepomuceno Pérez Rulfo y su madre María Vizcaino Arias. Ingresó en la escuela primaria en 1924, el mismo año en que su padre falleció, y seis años después lo haría su madre.  Quedó, solo bajo la custodia de su abuela, por este motivo,  entró en un orfanato de Guadalajara, durante 4 años, era de monjas, sufrió una disciplina casi militar. El paso por este orfanato le marcaría para toda la vida.

Puede afirmarse, sin temor a incurrir en error, que la rebelión de los cristeros fue determinante en el despertar de su vocación literaria, pues el sacerdote del pueblo, con el deseo de preservar la biblioteca parroquial, la confió a la abuela del niño. Rulfo tuvo así a su alcance, cuando apenas había cumplido los ocho años, todos aquellos libros que no tardaron en llenar sus ratos de ocio.

A los dieciséis años intentó ingresar en la Universidad de
Guadalajara, pero no pudo hacerlo pues los estudiantes mantuvieron, por aquel
entonces, una interminable huelga que se prolongó a lo largo de año y medio. Ya en la capital, intentó de nuevo entrar en la universidad, alentado por su familia a seguir los pasos de su abuelo, pero fracasó en los exámenes para el ingreso en la Facultad de Derecho y se vio obligado a trabajar. En 1934 se trasladó a Ciudad de México, donde trabajó como agente de inmigración en la Secretaría de la Gobernación, desempeñó primero sus funciones en la capital para trabajar luego en Tampico y Guadalajara y recorrer, más tarde, durante dos o tres años, extensas zonas del país, entrando así en contacto con el habla popular, los peculiares dialectos, el comportamiento y el carácter de distintas regiones y grupos de población.

A partir, de 1938 publicó sus cuentos más relevantes en revistas literarias. Su primera novela, Los hijos del desaliento, la comenzó a escribir en 1938, (no llegó a publicarla, porque en palabras del propio Rulfo, era una novela muy mala).  Ese mismo año comenzó a colaborar en la revista América; en 1942, aparecieron publicados dos cuentos en la revista Pan, que formarían parte de El llano en llamas (1953) junto con otros que fueron apareciendo en otras revistas.

En 1946 comenzó a trabajar para la Goodrich Euzkadi  como agente viajero y allí inició su notable labor como fotógrafo. Contrajo matrimonio con Clara Aparicio en 1947, fruto del matrimonio serían cuatro hijos. Pasó a trabajar en el departamento de publicidad de la Goodrich.

Dos capítulos de su novela Pedro Páramo (1955) fueron publicados en varias revistas. Cuando publica el libro, fue traducido casi de inmediato al alemán por Mariana Frenk (1958), y algún tiempo después, se fue traduciendo a otros muchos idiomas, como el inglés, francés, sueco, polaco, italiano, noruego o finlandés. Con tan sólo dos obras. “El llano en llamas” y “Pedro Páramo” pasó a ser considerado como uno de los grandes autores de la literatura universal.

Además escribió algún que otro guion, como El despojo, sobre una idea original suya; El gallo de oro(1964) basado en una idea del novelista,  con guion de Carlos Fuentes y  Gabriel García Márquez; La fórmula secreta (1965), de Rubén Gámez con textos de Rulfo.

De su obra, hay que señalar que gracias a los borradores de sus Cuadernos, publicados en 1994, se evidencia el proceso de escritura en el cual Pedro Páramo se ha decantado de manera parecida a la poesía de César Vallejo, a fuerza de ir realizando cortes sobre el cuerpo mismo del texto, despojándolo de cualquier demasía explicativa o hasta narrativa.

En 1970 logró el Premio Nacional de Literatura en México y en 1983 el Premio Príncipe de Asturias en España.

Obras

Un pedazo de noche, fragmento de la novela “Los hijos del desaliento”
La vida no es muy seria en sus cosas, (cuento) (1945)
El llano en llamas, (1953)
Pedro Páramo, (1955)
El gallo de oro, (1980)

Gracias a dos becas obtenidas del Centro Mexicano de escritoresRulfo logra publicar El llano en llamas (1953), una antología de sus mejores relatos. Dos años más tarde publicaría su obra más conocida, Pedro Páramo (1955), novela que hoy en día sigue levantando interés, tanto en el público como en el ámbito académico.

Con esos dos volúmenes como corpus creativo, Rulfo se convirtió en una pieza clave de la literatura en castellano. Su influencia, fue reconocida, incluso,  por escritores de la talla de Borges, extendiéndose, a otros países a medida que su obra fue traducida.

Hay en la literatura latinoamericana contemporánea una peculiar estirpe de creadores, un grupo de escritores que han sabido poner en pie un universo propio, característico, cerrado, inventando lugares fabulosos, ciudades que sirven de repetido paisaje para las historias que brotan de sus experiencias, de su mundo y de su imaginación. Paradigmático es, a este respecto, el caso de Macondo, el marco que el colombiano Gabriel García Márquez levantó para que los Buendía trenzaran su aprendizaje de la soledad; y no puede tampoco olvidarse la Santa María del uruguayo Juan Carlos Onetti.

Situados en una geografía reconocible y al mismo tiempo anónima, ambos lugares pueblan la difusa frontera que separa lo real de lo fantástico, un lugar que ocupa, también, la infernal Comala de Juan Rulfo, otro ejemplo de universo personal, levantado por el escritor para albergar a sus particulares criaturas. Macondo, Santamaría y Comala, lugares coherentes, reconocibles por sus rasgos peculiares y tan distintos entre sí, como lo son sus respectivos autores, tienen algo en común: son el espejo donde se reflejan características y ambientes que el escritor conoce muy bien.

Cuando apareció El llano en llamas, algunos críticos situaron a Rulfo, apresuradamente, como un escritor regionalista más. Sin embargo, sólo hizo falta esperar dos años para que, con la aparición de Pedro Páramo, se dieran cuenta de su error. El mundo fantasmal de la novela, la ruptura de las fronteras entre la vida y la muerte, mostraban a un escritor que había superado los cauces realistas y tradicionales de la novelística anterior e inauguraba la nueva narrativa mexicana, agotada ya la veta de la llamada novela de la revolución.

Y es que, dejando a un lado algunos textos para cine (que se incluyeron en la edición de su Obra completa en 1977), la producción de Juan Rulfo se reduce a esos dos libros, que forman sin embargo uno de los conjuntos más singulares de la narrativa latinoamericana. Temáticamente, ambas obras tienen un entronque regionalista, pero no incurren en un pintoresquismo local, sino que restituyen en su esencia la vida dura y marginal de la provincia. Por otra parte, el autor muestra una original asimilación de las técnicas de la moderna narrativa europea y norteamericana.

El llano en llamas

Los diecisiete cuentos que componen la colección El llano en llamas, de 1953, se centran en la miseria y la soledad del campo de Jalisco y, mediante una magistral recreación del habla campesina, revive en sus historias las relaciones entre los hombres y las de éstos y la tierra. Las narraciones de El llano en llamas giran todas, en efecto, en torno a la vida de los campesinos mexicanos; son cuentos breves, de extraordinaria y fecunda concisión, en cuyas escenas de intenso dramatismo palpita el hálito poético del autor plasmado en imágenes de brillante sensibilidad y en un estilo que reelabora y recrea el habla popular mexicana.

Pero, pese a esta última característica, que podría haber convertido a Rulfo en un escritor regionalista o costumbrista, la persistencia de sus temas esenciales, la obsesiva presencia de la soledad y la violencia, la confrontación con la muerte, el amor y el desamor, los secretos entresijos de la vida y de los hombres o los enigmas que pueblan las calles de Comala son una fulgurante parábola de lo humano, que trasciende el marco del nacionalismo literario y demuestran, de nuevo, que no hay fronteras para la creación.

En uno de los cuentos, titulado El hombre, se entrelazan distintas líneas temporales, de modo que un hombre que había acosado a otro hasta darle muerte y acabar también con su familia, se convierte luego en un ser perseguido y, dialogando con un invisible vengador, se contempla simultáneamente como víctima y verdugo. Hay en la narración un tono de pesadilla porque, como en esos sueños en los que intentamos correr sin conseguirlo, el hombre huye pero no logra nunca escapar. Siempre se ve obligado a volver atrás como si el horizonte le estuviera cerrado, como si no existiera más allá y el mundo fuera un lugar cerrado, donde la culpa adquiere el peso de un destino ineludible. Como él, los personajes de Rulfo nunca se liberan y su angustia los lanza a largos monólogos en los que el lector se ve abocado a adoptar el papel de confidente, de confesor que recoge las postreras palabras del condenado. En Talpa, otra de las narraciones incluidas en El llano en llamas, una pareja de adúlteros deja morir al marido mientras hacen el amor, y la figura del muerto se interpondrá luego constantemente entre ellos. La fría violencia presente en muchos de los relatos da fuerza y vigor a las narración, que unas veces tiene un toque de crueldad (El hombreEl llano en llamas) y otras de ácido sarcasmo (El día del derrumbeAnacleto Morones).

PEDRO PÁRAMO (Inicio)

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. “No dejes de ir a visitarlo -me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dara gusto conocerte.” Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.

Todavía antes me había dicho:
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre

Así comienza la obra, marcada, a la vez, por la sencillez y espectralidad del lenguaje. El crítico mexicano Carlos Monsiváis dijo de Rulfo: “Un eje del mundo rulfiano es la religiosidad. Pero la idea determinante no es el más allá sino el aquí para siempre”. Ya en las primeras páginas advierte que el lugar responde a una lógica fantasmal: “al cruzar una bocacalle vi una señora envuelta en su rebozo que desapareció como si no existiera”.

Publicada en 1955, Pedro Páramo recrea, en el espacio ficticio de Comala, la miseria y la soledad del mundo campesino de la infancia del autor, donde la degradación moral y física arrastra a la gente a la desesperanza y a la desorientación. El narrador y protagonista, Juan Preciado, cuenta cómo por encargo de su madre moribunda fue en busca de su padre, el cacique Pedro Páramo, a quien no conoce, y que ha llevado a Comala a la destrucción por su convulsa pasión por Susana San Juan.

El encuentro con un pueblo deshabitado y lleno de fantasmas le llena de pavor, y le introduce en un mundo irreal. Por boca de los muertos conoce los hechos sucedidos en Comala en vida de Pedro Páramo, cacique que, en un marco histórico que abarca desde el gobierno de Porfirio Díaz hasta el de Obregón, llevó hasta el límite los abusos de autoridad. Convertido en un nuevo Dante a las puertas del Infierno-Comala y conducido, como el autor de la Comedia, por una Beatriz que ha adoptado las apariencias de un mulero, Juan Preciado descubre ese ardiente valle donde todos los habitantes son hijos de Páramo, donde todos están muertos y la vida es sólo un recuerdo.

La historia de Pedro Páramo se va revelando mediante murmullos y entrevisiones de los fantasmas del pueblo, que a pesar de estar muertos y de guardarle rencor a Pedro Páramo, aún le tienen miedo. “Este pueblo lleno de ecos (…) Cuando caminas sientes que te están pisando los pasos. Oyes crujidos, risas.” Pero la fantasmagórica realidad de Comala no es percibida de inmediato por el narrador; sólo lenta, muy lentamente, Juan Preciado advierte que está rodeado de cadáveres y muere, entonces, a su vez, abrumado por el peso insoportable del pasado.

La gran innovación de Pedro Páramo radica en su compleja construcción textual. El tiempo narrativo se fragmenta, ajeno a toda continuidad lógica, y se representa mediante la memoria y el designio íntimo de cada individuo, técnica que no aparecerá en otros escritores hispanoamericanos hasta la década de los sesenta. Juan Rulfo se convierte así, a pesar de su breve producción literaria, en uno de los primeros escritores latinoamericanos con clara conciencia de renovación de la novela, inspirada en su propia tradición y en figuras como Joyce, Proust o Faulkner.

Como en una magna sinfonía, donde los temas y las melodías se entremezclan y cabalgan dirigidas por una inflexible voluntad de orquestación, el texto prescinde de las separaciones por capítulos y se lanza a una construcción que incluye breves fragmentos, monólogos o diálogos, voces del pueblo cuyo origen el lector debe adivinar, para describir lo que Jean Franco ha calificado como “una búsqueda del Paraíso que termina en el Infierno de Comala”. La novela se construye en el límite entre lo real y lo fantástico, y en esa ambigüedad en la que las fronteras se han borrado se proyectan tanto la huella de un sustrato indígena como las consecuencias histórico-sociales de la revolución mexicana, representadas por la violencia, el odio, la venganza generalizada y el abandono de la tierra.

Cada uno de los personajes de la narración, el cacique Pedro Páramo, asesino y ladrón, Susana, el padre Rentería, Fulgor Sedano y tantos otros, son figuras emblemáticas cuyos rasgos, de oscura e inquietante intensidad, han pasado ya a la historia de la literatura universal; aunque, como ya se ha dicho, el protagonista principal de la novela, como de otras narraciones de Rulfo, es el marco donde la acción transcurre, el universo mítico de Comala donde nacen y mueren las ansias y los ardores de sus habitantes, un “lugar sobre brasas” que se convierte en inolvidable metáfora de un mundo de soledad y opresión, cruel y tierno, pasional o interesado.

La enigmática historia de Pedro Páramo y su prosa llena de oscuros simbolismos han generado, como es lógico, una ingente cantidad de interpretaciones y han sido campo abonado para que los estudiosos buscaran significaciones ocultas, metáforas, lanzándose a una fecunda tarea de elucidación; la crítica se ha inclinado sobre sus páginas, y sin duda seguirá haciéndolo durante mucho tiempo, para interrogarlas con la esperanza de sacar a la luz un significado unívoco. Sin embargo, el propio Juan Rulfo dijo de ella: “En realidad es la historia de un pueblo que va muriendo por sí mismo. No lo mata nada. No lo mata nadie”, una interpretación que parecerá demasiado simplista a quienes, empeñados en una paciente labor investigadora, olviden que cualquier novela es, en verdad, la obra de sus lectores y que, por lo tanto, en sus páginas pueden encontrarse todos los universos.

 “El hombre”  El Llano en llamas:

Los pies del hombre se hundieron en la arena, dejando una huella sin forma, como si fuera la pezuña de un animal. Treparon sobre las piedras, engurruñándose al sentir la inclinación de la subida, luego caminaron hacia arriba, buscando el horizonte.

“Pies planos -dijo el que lo seguía-. Y un dedo de menos. Le falta el dedo gordo en el pie izquierdo. No abundan los fulanos con estas señas. Así será fácil.”

La vereda subía entre yerbas, llena de espinas y de malasmujeres. Parecía un camino de hormigas angosto. Subían sin rodeos hacia el cielo. Se perdía allá y luego volvía a aparecer más lejos, bajo un cielo más lejano.

Los pies siguieron la vereda, sin desviarse. El hombre caminó apoyándose en los callos de sus talones, raspando las piedras con las uñas de sus pies, rasguñándose los brazos, deteniéndose en cada horizonte para medir su fin: “no el mío, sino el de él, dijo. Y volvió la cabeza para ver quien había hablado.

Ni una gota de aire, sólo el eco de su ruido entre las ramas rotas. Desvanecido a fuerza de ir a tientas calculando sus pasos, aguantando hasta la respiración:“voy a lo que voy”, volvió a decir.

Y supo que era él quien hablaba.

“Subió por aquí, rastrillando el monte – dijo el que lo seguía-. Cortó las ramas con un machete. Se conoce que lo arrastraba el ansia. Y el ansia deja huella siempre. Eso lo perderá”

Comenzó a perder el ánimo cuando las horas se alargaron y detrás de un horizonte estaba otro y el cerro por donde subía no terminaba. Sacó el machete y cortó las ramas duras como raíces y tronchó la yerba desde la raíz. Mascó un gargajo mugroso y lo arrojó a la tierra con coraje. Se chupó los dientes y volvió a escupir. El cielo estaba tranquilo allá arriba, quieto, trasluciendo sus nubes entre la silueta de los palos guajes, sin hojas. No era tiempo de hojas. Era ese tiempo seco y roñoso de espinas y de espigas secas y silvestres. Golpeaba con ansia sobre los matojos con el machete: “Se amellará con ese trabajito, más te vale dejar en paz las cosas”

Oyó allá atrás su propia voz.

“Lo señaló su propio coraje -dijo el perseguidor-. Él ha dicho quién es, ahora solo falta saber dónde está. Terminaré de subir por dónde subió, después bajaré por dónde bajó, rastreándolo hasta cansarlo. Y donde yo me detenga, allí estará. Se arrodillará y me pedirá perdón. Y yo le dejaré ir un balazo en la nuca… Eso sucederá cuando lo encuentre.”

Llegó al final. Sólo el puro cielo, cenizo medio quemado por la nublazón de la noche. La tierra se había caído para el otro lado. Miró a la casa enfrente de él, dela que salía el último rescoldo. Se enterró en la tierra blanda, recién removida. Tocó la puerta sin querer, con el mango del machete. Un perro llegó y la lamió las rodillas, otro más corrió a su alrededor moviendo la cola. Entonces empujó la puerta sólo cerrada a la noche.

El que lo perseguía dijo: “Hizo un buen trabajo. Ni siquiera los despertó. Debió llegar a eso de la una, cuando el sueño es más pesado; cuando comienzan los sueños; después del ´Descansen en paz´, cuando se suelta la vida en manos de la noche y cuando el cansancio del cuerpo raspa las cuerdas de la desconfianza y las rompe.”

No debí matarlos a todos –iba pensando el hombre-. No valía la pena echarme ese tercio tan pesado en mi espalda. Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno. Debía de haberlos tentaleado de uno por uno hasta dar con él; lo hubiera conocido por el bigote, aunque estaba oscuro hubiera sabido dónde pegarle antes que se levantara… Después de todo, así estuvo mejor. Nadie los llorará y yo viviré en paz. La cosa en encontrar el paso para irme de aquí antes que me agarre la noche.”

El hombre entró a la angostura del río por la tarde. El solo no había salido todo el día, pero la luz se había borneado, volteando las sombras; por eso supo que era después del mediodía.

“Estás atrapado – dijo el que iba detrás de él y que ahora estaba sentado a la orilla del río-. Te has metido en un atolladero. Primero haciendo tu fechoría y ahora yendo ha los cajones, hacia tu propio cajón. No tiene caso que te siga hasta allá. Tendrás que regresar en cuanto te veas encañonado. Te esperaré aquí. Aprovecharé el tiempo para medir mi puntería, para saber dónde te voy a colocar la bala. Tengo paciencia y tú no la tienes, así que ésa es mi ventaja. Tengo mi corazón que resbala y da vueltas en su propia sangre, y el tuyo está desbaratado, revenido y lleno de pudrición.. Ésa es también mi ventaja. Mañana estará muerto, o tal vez pasado mañana o dentro de ocho días . No importa el tiempo. Tengo paciencia”

El hombre vio que el río se encajonaba entre las altas paredes y se detuvo. “´Tendré que regresar”, dijo.

El río en estos lugares es ancho y hondo y no tropieza con ninguna piedra. Se resbala en un cauce como de aceite espeso y sucio. Y de vez en cuando se traga alguna rama en sus remolinos, sorbiéndola sin que se oiga ningún quejido.

“Hijo -dijo el que estaba sentado esperando -: no tiene caso que te diga que el te mató está muerto desde ahora. ¿Acaso yo ganaré algo con eso? La cosa es que yo estuve contigo. ¿De que sirve explicar nada? No esta contigo.

Eso es todo. No con ella. Ni con él. No estaba con nadie; porque el recién nacido no me dejó ninguna señal de recuerdo.”

El hombre recorrió un largo tramo río arriba. En la cabeza le rebotaban  burbujas de sangre. “Creí que el primero iba a despertar a los demás con estertor, por eso me di prisa. “Discúlpenme la apuración”, les dijo. Y después sintió que el gorgoreo, aquel era igual al ronquido de la gente dormida; por eso se puso tan en calma cuando salió a la noche de afuera, al frío de aquella noche nublada.

Parecía venir huyendo. Traía una porción de lodo en las zancas, que ya ni se sabía cuál era el color de los pantalones .

Lo vi desde que se zambulló en el río . Apechugó el cuerpo y luego se dejó ir corriente abajo, sin manotear, como si caminara pisando el fondo. Después rebalsó la orilla y puso sus trapos a secar. Lo vi que temblaba de frío. Hacía aires y esta nublado.

Me estuve asomando dese el boquete de la cerca donde me tenía el patrón al encargo de sus borregos. Volvía y miraba a aquel hombre sin que él se maliciara que alguien lo estaba espiando.

Se apalancó en sus brazos y se estuvo estirando y aflojando su humanidad, dejando orear el cuerpo para que se secara. Luego se enjaretó la camisa y los pantalones agujereados. Vi que no traía machete ni ningún arma. Sólo la pura funda que le colgaba de la cintura huérfana.

Miró y remiró para todos lados y se fue. Y ya iba yo a enderezarme para arriar a  mis borregos, cuando lo vi volver con la misma traza de desorientado.

Se metió otra vez en el río, en el brazo de en medio, de regreso.

“¿Qué trairá este hombre?”, me pregunté.

Y nada. Se echó de vuelta al río y la corriente se soltó  zangoloteando como un reguilete, y hasta por poco se ahoga. Dio muchos manotazos y por fin no pudo pasar y salió allá abajo, echando buches de agua hasta desentriparse.                                Volvió a hacer la operación de secarse en pelota y luego arrendó río arriba por el rumbo de donde había venido.

Que me lo dieran ahorita. De saber lo que había hecho lo hubiera apachurrado a pedradas y ni siquiera me entraría remordimiento.                                                         Ya lo  decía yo que era un juilón. Con sólo verle la cara. Pero no soy adivino, señor licenciado. Solo soy un cuidador de borregos y hasta si usted quiere algo miedoso cuando da la ocasión. Aunque, como usted dice, lo pude muy bien agarrar desprevenido y una pedrada bien dada en la cabeza lo hubiera dejado allí tieso. Usted ni quién se lo quite tiene la razón.

Eso que me cuenta de todas las muertes que debía y que acababa de efectuar, no me lo perdono. Me gusta matar matones, créame usted. No es la costumbre; pero se ha de sentir sabroso ayudarle a Dios a acabar con esos hijos del mal.                                     La cosa es que no todo quedó allí. Lo vi venir de nueva cuenta al día siguiente. Pero yo todavía no sabía nada. ¡ De haberlo sabido!                                                                    Lo vi venir más flaco que el día antes, con los güesos afuerita del pellejo, con la camisa rasgada. No creí que fuera él, así estaba de desconocido.

Lo conocí por el arrastre de sus ojos: medio duros, como que lastimaban. Lo vi beber agua y luego hacer buches como quien está enjuagándose la boca; pero lo que pasaba era que se había tragado un buen puñado de ajolotes, porque el charco donde se puso a sorber era bajito y estaba plagado de ajolotes. Debía tener hambre.                           Le vi los ojos, que eran dos agujeros oscuros como de cueva. Se me arrimó y me dijo: “¿son tuyas esas borregas?” y le dije que no. “Son de quien las parió”, eso le dije.      No le hizo gracia la cosa. Ni siquiera peló el diente. Se pegó a la más ovochona de mis borregas y con sus manos de tenazas la agarró las patas y le sorbió el pezón. Hasta acá se oían los balidos del animal; pero él no la soltaba, seguía chupe y chupe hasta que se hastió de mamar. Con decirle que tuve que echarle Criolina en las ubres para que se le desinflamaran y no se le fuera a infestarlos mordiscos que el hombre le había dado.

¿Dice usted que mató a toditita la familia de los Urquidi? De haberlo sabido lo atajo a puros leñazos.

Pero uno es ignorante. Uno vive remontado en el cerro, sin más trato que los borregos, y los borregos no saben de chismes.                                                                                Y al otro día se volvió a aparecer. al llegar, yo, llegó él. Y hasta entramos en amistad.  Me contó que no era de por aquí, que era de un lugar muy lejos; pero que no podía andar ya porque le faltaban las piernas: “Camino y camino y no ando nada. Se me doblan las piernas de la debilidad. Y mi tierra está lejos, más allá de aquellos cerros. “Me contó que se había pasado dos días sin comer más que puros yerbajos.            Eso me dijo.                                                                                                                ¿dice usted que ni piedad le entró cuando mató a los familiares de los Urquidi?         De haberlo sabido se habría quedado en juicio y con la boca abierta mientras estaba bebiéndose la leche de leche de mis borregas.                                                           Pero no parecía malo. Me contaba de su mujer y de sus chamacos. Y de lejos que estaban de él. Se sorbía los mocos al acordarse de ellos.                                               Y estaba reflaco , como trasijado. Todavía ayer se comió un pedazo de animal que se había muerto del relámpago. Parte amaneció comida de seguro por las hormigas arrieras y la parte que quedó él la tatemó a las brasas que yo prendía para calentarme las tortillas y le dio fin. Ruñó los güesos hasta dejarlos pelones. “El animalito murió de enfermedad”, le dije yo.                                                                                               Pero como si ni me oyera. Se lo tragó enterito. Tenía hambre.                                 Pero dice usted que acabó con la vida de esa gente. De haberlo sabido. Lo que es ser ignorante y confiado. Yo no soy más que borreguero y de ahí en más no sé nada. ¡Con decirle que se comía mis tortillas y que las embarraba en mi mismo plato!                 ¿De modo que ora que vengo a decirle lo que sé, yo salgo encubridor? Pos ora sí.   ¿Y  dice usted que me va a meter en la cárcel por esconder a ese individuo? Ni que yo fuera el que mató a la familia esa. Yo sólo vengo a decirle que allí en un charco en el río está un difunto. Y ora que yo se lo digo, salgo encubridor. Pos ora sí.            Créame usted, señor licenciado, que de haber sabido quién era aquel hombre no me hubiera faltado modo de hacerlo perdedizo. ¿Pero yo qué sabía? Yo no soy adivino.   Él solo me pedía de comer y me platicaba de sus muchachos, chorreando de lágrimas.  Y ahora se ha muerto. Yo creí que había puesto a secar sus trapos entre las piedras del río; per era él, enterito, el que estaba allí boca abajo, con la cara metida en el agua. Primero creí que se había doblado al empinarse sobre el río y no había podido ya enderezar la cabeza y que luego se había puesto a resollar agua, hasta que le vi la sangre coagulada que le salía por la boca y la nuca repleta de agujeros como si lo hubieran taladrado.                                                                                                        Yo  no voy averiguar eso. Sólo vengo a decirle lo que pasó, sin quitar ni poner nada. Soy borreguero y no sé de otras cosas.

 

 

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