Libros públicados por el escritor sevillano Luis Manuel Ruiz

 

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El criterio de las moscas

Alfaguara, 1998

Cuando vuelve en sí después de un aparatoso accidente de automóvil, Matías Belaval ni siquiera sabe quién es. Aquejado de una amnesia que borra sus recuerdos más inmediatos, ha de ir haciéndose cargo poco a poco de que posee una familia, de que es un reputado especialista internacional en Filosofía del Renacimiento y de que ignora por completo qué hacía en el vehículo que estuvo a punto de acabar con su vida.

Pero hay otras cosas que también ignora y que pueden resultarle mucho más problemáticas. Por ejemplo, quién es ese hombre vestido de blanco que le visita en el despacho para exigirle que le entregue unos documentos de los que no tiene noticia, a quién pertenecen esas sombras desconocidas que le siguen a todas partes y que incluso llegan a amenazarle a punta de pistola. Y también: quién es esa chica que se presenta como su alumna y con la que al cabo, según parece, mantenía una relación que sobrepasaba con mucho el interés común por la obra de ciertos pensadores que murieron hace cuatrocientos años.

En una espiral creciente de oscuridad y violencia, Matías Belaval irá enfrentándose a un triple reto: el de recuperar un objeto enigmático que todo el mundo supone que debería poseer; el de entender qué relaciona a la antigua secta de la Rosa Cruz con el filósofo Francis Bacon y las obras de Shakespeare; y finalmente y sobre todo, encontrar su propia identidad perdida en el marasmo de persecuciones y amenazas en que su vida ha terminado por convertirse.

Un triple reto que podría superar las fuerzas de cualquiera, incluido el propio Belaval, de no ser por un detalle: su capacidad de aprender de las moscas, de manejar su idioma; de acceder a unos secretos que no se hallan al alcance de todo el mundo.

 

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Sólo una cosa no hay

Alfaguara, 2000

Tras la muerte de su marido y su hija en un trágico accidente, Alicia apenas es capaz de enfrentarse al futuro: ni su trabajo de bibliotecaria en la universidad, ni la convivencia con sus vecinos, ni las atenciones de su cuñado Esteban, enamorado de ella en secreto desde años atrás, sirven para sacarla de las tinieblas en que vive sumida. La situación empeora cuando unos misteriosos sueños comienzan a visitarle una noche y otra: sueños en que le parece caminar a ciegas por una ciudad desconocida, y en que vislumbra la figura de un ángel con el pie torcido.

Esos sueños serán el inicio de una nueva fase de su vida en que todo se torna más ambiguo y también más terrible. Las imágenes de cada noche le conducirán a interesarse por vetustos libros en que se habla del culto a Satanás y la magia negra, y a frecuentar tiendas de antigüedades y librerías de viejo en pos de un secreto que quizá sería mejor ignorar. Las certezas van abandonándole poco a poco y cree que su razón le traiciona, sobre todo cuando a sus nuevos descubrimientos se suma la aparición de un cadáver. Ya no es posible la vuelta atrás.

Una escabrosa investigación a través de ocultistas de medio pelo y vendedoras de antiguallas le hará sospechar que es el centro de una conspiración de dudosas intenciones: tal vez cuantos le rodean, viejos amigos, familiares y vecinos íntimos, esconden una cara oculta que no se corresponde con la que le muestran todos los días; quizá todos, por motivos que Alicia no alcanza a comprender, han tejido para ella una minuciosa y siniestra tela de araña. El único medio de asegurarse consiste en ascender por los hilos… y rezar por no quedar atrapada.

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Obertura francesa

Alfaguara, 2002

Un estudiante de musicología recibe de parte de su maestro el encargo de rastrear cierta grabación de una de las obras más memorables de J. S. Bach, la Obertura francesa en si menor. Se trata de una versión prodigiosa, inigualable, sin parangón en la historia de la interpretación musical. Su ejecución sólo puede deberse a la mano de un genio… o de un monstruo. El único medio con el que el protagonista cuenta para desentrañar el enigma es internarse en las aguas más turbias y cenagosas de su pasado. En concreto, en aquellas que todavía ocupa Hélène, una antigua novia que toca el clavecín y que quedó manca después de un funesto accidente. Venciendo todas sus reticencias, el protagonista decide embarcarla en su búsqueda y ella le pondrá tras la pista de Claudio Capri, clavecinista también él y uno de los mayores especialistas del mundo en la música de Bach.

Pero, como no podía ser de otro modo, la situación se complica de inmediato. Un individuo grueso y mal encarado persigue al protagonista por media Europa, de París a Salzburgo, sin intenciones demasiado claras; el cadáver de Capri aparece arrumbado en un edificio en construcción con un dedo menos en la mano izquierda; y, sobre todo, un personaje inesperado hace su aparición en un sórdido club de jazz donde parece haber caído por pura casualidad, sin saber qué le ha llevado hasta allí ni de qué modo. La grabación de la Obertura francesa guarda un tremendo secreto en su interior, con poder para poner bocabajo toda la vida del protagonista y las cosas que hasta ese momento tenía por más verdaderas y ciertas: la revelación última se ocultará en una idílico pueblo bávaro, entre las atracciones de una feria llena de bombillas. Pero no por ello menos oscura.

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La habitación de cristal

Alfaguara, 2004

Andreas Menz es un policía avejentado y triste de la policía de Berlín, al que le caen siempre en suerte los casos menos lucidos. Pero, ese invierno de 1931 en que la nación alemana está a punto de comenzar uno de los períodos más oscuros de su historia, su vida puede dar un vuelco: en el restaurante en que suele almorzar cada mediodía, Menz conoce a Gustav Wahlberg, otro inspector de policía cuya biografía guarda estrechas y sorprendentes similitudes con la suya propia.

Ambos, por motivos diversos, se verán abocados a investigar la misma sucesión de crímenes: la muerte de un viejo coronel, el suicidio de una anticuaria algo avara, la desaparición de un hipnotizador. Todos ellos parecen girar alrededor de algo muy concreto: un espejo. El mundo de los espejos, de su factura, diseño y conservación, es el marco sobre el que se recortan esta colección de sucesos sangrientos.

Puede ser que el primer espejo de cristal de la historia, el mítico Espejo de Salomón, constituya el último eslabón de la cadena. Para llegar hasta él, Menz y Wahlberg deberán enrolar en sus pesquisas a una profesora de Historia del Arte con una sonrisa poco prometedora, y a un agente de policía italiano de dudosos escrúpulos. Además de viajar hasta esa ciudad mítica donde los espejos de vidrio fueron fabricados en serie por primera vez: Venecia, la capital de los reflejos, donde nada es lo que parece a simple vista.

 

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El ojo del halcón

Alfaguara, 2006

Jubilado después de cuarenta años de impartir clases de francés, Santiago Beltrán no espera nada de la vida salvo leer pacientemente novelas policíacas en la soledad de su salita. Pero su situación cambia radicalmente cuando un viejo conocido le hace entrega, antes de morir, de sus últimas posesiones. Entre ellas se encuentran cartas amarillentas de soldados de la División Azul, oficiales alemanes y restos de antiguas piezas egipcias.

En el punto en que Beltrán comprende que en ese legado hay algo importante y peligroso que puede costarle la tranquilidad, ya es demasiado tarde. Un desconocido de pésimas maneras se presenta en su casa amenazándole sin mucho tiento, un horrible hombre surcado por una cicatriz le persigue a través de las calles de su barrio. Si a todo ello sumamos que la situación familiar de Beltrán no atraviesa por su momento más llevadero (apenas se habla con su única hija), es fácil entender que su vida se ha convertido casi en una pesadilla imposible de salvar.

Quizá más por entretener su tedio que por alcanzar la verdad, decide por fin indagar qué es ese misterioso halcón que todos buscan y que parece disculpar tantos berenjenales. En su misión recibirá apoyo de una vecina de rellano, hacia la que el pobre Beltrán comienza a abrigar sentimientos poco apropiados para una persona de su edad; y también, de un amigo traspapelado, Sebastián Alda, al que abandonó en un recodo del pasado por motivos que no le gusta recordar. Entre unos y otros, arrastrarán al anciano de Marbella a París, en pos de un misterio que comenzó cuatro mil años atrás y que ha salpicado la historia de sangre y crímenes.

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Tormenta sobre Alejandría

Alfaguara, 2009

En la convulsa Alejandría del siglo V, Demeas se ve encargado de indagar las muertes de una serie de eminentes personajes de la comunidad cristiana. Se trata de un asunto delicado, porque los cristianos se hallan en continua liza contra las viejas autoridades paganas y raro es el día en que una trifulca o un puñal mal clavado no alborota las calles. La necesidad de aclarar los crímenes conducirá a Demeas, duque de la plaza, hasta la famosa Biblioteca y su no menos célebre directora, Hipatia, hija de Teón.

Lo que subyace bajo todos estos funestos acontecimientos es un enfrentamiento soterrado entre dos concepciones distintas del mundo: de un lado, la de los filósofos, convencidos de que sólo el culto a la razón les permitirá alcanzar las últimas verdades; de otro, los cristianos, una secta fanática dispuesta a todo por defender los dogmas de su maestro crucificado. En medio de ellos, Demeas tendrá que tener mucho cuidado a la hora de maniobrar sin despertar las suspicacias de las autoridades y sin poner en peligro su puesto, escrupulosamente vigilado por el prefecto y otros ojos más altos que se encuentran en Constantinopla.

Pero a pesar de toda su cautela, Demeas no podrá evitar que Alejandría se precipite rápidamente hacia la catástrofe: le tocará jugar un papel importante en dos de los principales acontecimientos que marcan la demolición definitiva del mundo antiguo. Uno, la quema de la Biblioteca, depositaria de todo el saber acumulado durante siglos de estudio y de erudición; y otro, el martirio de la noble Hipatia, empeñada en defender su derecho a la libertad de pensamiento en un mundo que prefiere las cadenas.

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Sesión continua

Algaida, 2010

El mundo se emite en sesión continua, autorizado para todos los públicos, ininterrumpidamente de ocho de la mañana hasta el cierre del establecimiento. Si el proyector no se atasca antes o la película no se quema, el espectador tendrá ocasión de contemplar todas las escenas de que hablan las críticas de los periódicos y aun otras más extravagantes. Un hombre que se veía venir el futuro en las películas del cine de su barrio. Un científico loco que creó un doble de sí mismo para soportar la convivencia con su familia. La anciana más anciana del mundo, que ya era vieja cuando se inventaron las moñas y los jazmines. Una casa blanca junto al mar de la que no se puede huir. Un hombre santo que viajó al infierno para enterarse de que toda su vida había estado en él. Un imperio remoto donde los funcionarios transcriben todo lo que sucede y aun lo que queda por suceder, por si las moscas. Un coche que regresa a casa en la noche y se cruza con una sombra en una curva, igual que en el cuento aquel. Adulterios. Crímenes. Mentiras, por supuesto, y alguna verdad. A lo mejor algo de terror, o de risa, eso depende de cómo se vea. La emisión es a todo color y, en ciertas partes del metraje, en formato de tres dimensiones. Puede comer palomitas y atrapar la mano de su vecino de butaca, si así lo desea. Sólo una cosa no le estará permitida: nunca ha de cerrar los ojos. 

 

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Temblad Villanos

Fundación José Manuel Lara, 2014

Donde el autor reivindica el mundo del comic.

Una inspectora de Policía llega a Sevilla para huir de un matrimonio calamitoso. Lleva consigo a su madre y a su hijo de cuatro años. En su primer día de trabajo deberá ponerse con la investigación de un crimen. Hasta ahí, nada que salga de los esquemas de una novela policial al uso. Es el conjunto de personajes y situaciones lo que diferencia Temblad villanos de otros títulos. Porque el hijo de la policía hace análisis psicoanalíticos de los cuentos infantiles que le leen. Él mismo devora libros, ya sean novelas o manuales de Física. El jefe de la inspectora es un viejo comisario que se pasa el tiempo en su despacho tocando un teclado electrónico, y un colaborador que ella se agencia es un superhéroe que no conoce el significado del concepto lavar la ropa. Además, hay un gitano que no sabe leer pero está montando en su casa un acelerador de partículas y otros personajes igual de convencionales.
Como quiera que, además, el crimen debe resolverse siguiendo la pista de algunos personajes de cómic, el cóctel está completo: hay humor –sobre todo, en las descripciones de personajes–, misterio, una Sevilla cutre a más no poder como escenario de la acción, un surrealismo que asalta al lector cuando menos lo espera y la presencia continua de una tele que parece capaz de sintonizar solo los programas de Jorge Javier Vázquez, con su corte de los milagros.
Es muy probable que los lectores de las anteriores novelas de Luis Manuel Ruiz (salvo El hombre sin rostro) se sorprendan ante un texto que no tiene enigmas históricos ni grandes claves culturales. Pero es también probable que este libro ingenioso y gamberro les guste.

(Publicado en elcorreo.com)

 

 

 

 

 

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